Por: Germania Fernández F.
El 24 de junio de 2026 Venezuela vivió un doblete sísmico que pasará a la historia como una de las catástrofes naturales de mayor impacto en el país, por sus consecuencias humanas, sociales y económicas.
La destrucción de edificaciones dejó a miles de familias sin sus seres queridos, sin su lugar seguro, y a todas atrapadas en la incertidumbre.
Ante la crisis, la dinámica social no se limitó al esquema tradicional de víctimas y organismos de rescate oficiales; la empatía facilitó el surgimiento de nuevos actores sociales capaces de auto organizarse en el terreno. Así fue como emergieron “Los Topos de La Guaira”.

La categoría “Topos” se hizo común entre los grupos de rescatistas voluntarios luego del terremoto mexicano en 1985, hoy es una referencia internacional de la respuesta comunitaria en emergencias urbanas.
En un trabajo de investigación periodística realizado por el equipo de Entre Comunes, pudimos constatar que en el surgimiento y evolución de estos actores sociales, hay puntos en común imposibles de obviar.
La empatía, la necesidad de ayudar y el haber hallado en el rescate un propósito de vida -una pasión- los unió a todos y a todas. A pesar de no contar con experiencia previa, comparten una determinación inquebrantable: permanecer en el terreno hasta encontrar el último cuerpo.

A través de un grupo de topos instalados en la Comuna Socialista Hugo Chávez, específicamente de las Torres Luisa Cáceres de Arismendi, en Catia La Mar, verificamos que cada uno de ellos -en su mayoría personas que no se dedicaban al rescate en situaciones de desastre- llegó por el simple afán de ayudar, algunos buscando a un familiar o a un conocido, y poco a poco se fueron arraigando en el terreno, con la firme convicción de ser útiles ante la tragedia.
La empatía, el miedo y la necesidad de ayudar
René Rodríguez, a quienes todos llaman “El Topo Topo”, nos narró: “Tocó el momento. En el país, tomamos la iniciativa, fue un reto, comenzamos con unas hojas de segueta a intervenir en las estructuras metálicas, lo logramos. Desde ese momento ya todo fue una sensación de amor, hacia las personas, verlas con la esperanza de recuperar su cadáver, su familiar (…) Comencé con la pasión, pasó de ser la adrenalina a convertirse en pasión, un arte de saber manejar una estructura que está a punto de caerte encima, colapsada, tener los cuidados, poco a poco, con el conocimiento que hemos adquirido”.
La mayoría de los topos allí instalados no tenían conocimientos en materia de desastres, no sabían manipular un cadáver, pero el sentimiento por las situaciones que se vivían en el terreno los hizo aprender: “aprender para ayudar”.
La solidaridad internacional y el roce con equipos de mayor experticia, les permitió también pulir habilidades que serían puestas al servicio de la comunidad por estos nuevos rescatistas.

Simón Lucena, abogado de Barquisimeto, estado Lara, acudió voluntariamente a La Guaira tras la tragedia. Señala que entre los principales desafíos destaca la carga emocional que implica el trabajo en la zona de desastre, donde el dolor de las víctimas y la magnitud del desastre ponen a prueba la templanza de los rescatistas. “Lo más duro es entregar los cuerpos a los familiares, presenciar su dolor en el reconocimiento es profundamente nostálgico y difícil. Trabajar entre escombros es impactante, especialmente al inicio”.
Enfrentar escenarios de alto riesgo llevó al equipo de Entre Comunes a plantearse preguntas inevitables: ¿Es una labor peligrosa? ¿Sienten miedo Los Topos? Ante esto, la mayoría afirmó categóricamente no sentir temor, impulsados por una confianza absoluta y un respaldo mutuo entre compañeros y compañeras.

Génesis Silva, llegó buscando a su sobrina a la zona de la tragedia, y no se ha ido desde el día que llegó. A pesar de no conocer con anterioridad a sus compañeros afirma: “Sinceramente, no veo mucho el peligro, no siento miedo, porque confío mucho en el equipo, para mí estar en este lugar con desconocidos es raro, pero confío mucho en ellos, ellos siempre me cuidan (…) Parecemos una familia (…) Aunque tenemos nuestras diferencias, nos entendemos”.
René también nos contó: “Los primeros días sentí un poco de nervios. Pero la adrenalina y la necesidad acababan con el miedo, no había miedo, había ganas de ingresar más allá. Estaba en un hueco y lo que más quería era llegar más lejos y hacer la búsqueda y rescatar. De verdad que el miedo ahí no existe. Existen las ganas de seguir excavando, y hacer las cosas bien”.
La gratitud como imperativo en el cierre del duelo
Uno de los mayores puntos de encuentro en la labor de estos rescatistas voluntarios es la profunda gratitud que reciben de la comunidad y de los deudos. Se han transformado en un pilar insustituible para quienes depositan en ellos su última esperanza, la de rescatar y despedir con dignidad a los cuerpos de los seres queridos. Se han convertido no sólo en héroes, sino en una red de apoyo para quienes siembran sus esperanzas en el rescate de los cuerpos.
Con orgullo René expresó: “Usted no se imagina la gratitud que uno aquí ha sentido apoyando a las personas, ha sido un orgullo, algo patriota, algo nacional, sin menester de política, ha sido algo por la nación. Es un sentir, el sentir de que tu pueblo te necesita”.
“Ha sido algo recíproco, nosotros le damos amor y ellos nos han dado mucho más amor, mucha atención. Nos han apoyado, no hablemos de la parte económica porque de verdad que nosotros en ninguna parte hemos recibido una ayuda económica, somos voluntarios, ese tema lo obviamos”, resaltó.

“Las autoridades nos respetan, nos tratamos con amor, con cariño, ya somos parte de una comunidad y una familia. Somos una familia adoptada por una comunidad que necesitó de nuestra ayuda en el momento dado”.
En el terreno, topos, instituciones de Gobierno, Protección Civil, cuerpos de seguridad, familiares y la comunidad entera, han logrado unirse en lo verdaderamente trascendente: la protección de la vida y el rescate de los cuerpos. Un esfuerzo conjunto para brindar un cierre al proceso de duelo y permitirles un último adiós digno a quienes fallecieron.
Génesis nos explicó que en la actualidad sienten mucha presión por los cuerpos que no han ubicado, sobre todos por los niños que aun no aparecen.
Apuntó también que ”el tiempo se nos acaba… la descomposición es lo que más me preocupa, los tejidos que permanecen, son muy delicados, luego de tanto tiempo”.
Para los familiares que están a la espera, conseguir el cuerpo de sus seres queridos significa cerrar el ciclo del duelo. Víctor Torrealba estaba con su mamá y su hermano Jesús en el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, cuando ocurrió el terremoto, sobrevivió al derrumbe del edificio, pero para el momento de la entrevista su hermano Jesús aún no había sido encontrado.
Tras el colapso, Víctor y su madre quedaron atrapados entre escombros en la oscuridad. Al liberarse, su prioridad fue encontrar a su hermano Jesús, quien había salido primero. Víctor asumió que Jesús no logró salir, y desde entonces se ha dedicado a su intensa búsqueda, ayudando a todo el que ha podido, que se encuentra en su misma situación.
Víctor expresa que su vida y la de su madre están “pausadas” hasta recuperar el cuerpo de Jesús. Siente la obligación moral de encontrar a su hermano y de ayudar a recuperar a las demás víctimas para que sus familias puedan hallar paz. Su compromiso es permanecer en el lugar hasta que se recupere el último cuerpo.
Hoy, La Guaira y sus comunidades deben avanzar después de la tragedia, el cierre de ciclo se hace necesario para mitigar la incertidumbre.
Los Topos de La Guaira pasarán a la historia como esos héroes silenciosos que colocaron por encima de todo, la necesidad de ayudar y que sentaron las bases para el renacimiento del estado La Guaira.

